Entre “No llames a casa” y “Tarde, mal y nunca”

Antes de comprar la novela “Tarde, mal y nunca”, de Carlos Zanón, alguien me dijo que su manera de escribir era retorturada y que no gustaba a todo el mundo. Como, en lo que a lectura se refiere, me gusta tener mis propias impresiones, obvié la recomendación y lo compré. Y ya  en las primeras páginas presagié que la novela iba a ser heavy, tan heavy como los puños entrenados de  Mike Tyson en sus mejores tiempos. No obstante, lo que más me enganchó a ella, más que la trama, fueron sus personajes. Unos personajes que les une la marginalidad en la que viven, pero que a la vez desune, ya que alguno de ellos cree en eso que se llama “esperanza”.

No llames a casa

Editorial RBA

En tarde mal y nunca, Epi asesina a sangre fría  a su colega Tanveer, quien hace un tiempo le birló la novia (Tiffany). Su expectativa es que a partir de ese momento su vida será mejor de la que ha tenido hasta ahora. Mientras tanto, Álex, el hermano de Epi, conocedor del crimen, comenzará una búsqueda imparable para dar con él antes de que lo haga la policía.

En esa ruta tantos los protagonistas como los personajes secundarios nos mostraran, ya de un modo camuflado (como la discreta hermana de Tiffany) o bien directamente (como Tanveer, el asesinado) toda la miseria vital en la que se mueven. Unos la soportan irremediable,pero otros, como Álex, no. Es por ello que quiere salvar el pellejo de su hermano  Epi a toda costa.

Es una novela narrada de forma continua, nada pausada, prescindiendo de melindres inútiles, haciendo que el lector se vea obligado a retardar sus micciones con tal de saber que será lo próximo que ocurre en la siguiente página.

Y ese mismo ritmo narrativo lo mantiene en la novela No llames a casa, en la que un trío compuesto por: Bruno, Raquel y Cristian, ha dejado los trapicheos de poca monta para rastrear y vigilar los garitos donde puteros y amantes infieles se dan cita con el único propósito de chantajearlos después. El negocio de la extorsión les funciona hasta que entran en escena Max y Merche,lo que provocará que la situación de todos dé un giro de vértigo.

Pese a que el argumento  de las dos novelas es completamente distinto, si que existe un punto de conexión entre ellas, y  no me refiero a los asesinatos ni las drogas ni a la violencia, sino al amor toxico que desprenden. Un amor insano y dependiente, casi el mismo que puede sentir una prostituta callejera por su chulo, por la sencilla razón que jamás ha recibido afecto de nadie y se aferra a su propia soga a sabiendas. Algo incomprensible para el ciudadano que vive en su propia “zona de confort”, pero que, bajo ciertas circunstancias, el que lo padece lo cree necesario, indispensable, por muy venenoso que ese amor sea.

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Carlos Zanón

Entrar de golpe en la marginalidad, aunque sea a través de un libro, marca. Por eso, ya leyendo Tarde, mal y nunca, me vino a la memoria lo que dice el protagonista de una de mis novelas favoritas.

“Aquí a lo único que puedo aspirar es a ser un chulo de putas o un terrorista”

Esa frase la decía Momo (Mohamed) el protagonista de La vida ante sí de Émile Ajar (Romain Gary). Obviamente ni la trama ni el estilo de esta novela tienen que ver con Zanón, sin embargo, sí el lugar donde se desarrolla la trama: los suburbios. En este caso los de Paris, en donde Momo, un niño musulmán de ocho años, es acogido por una anciana judía superviviente de Auschwitz que, para sobrevivir, se dedica a cuidar a los hijos de las prostitutas. Sin lugar a dudas es la miseria sin escapatoria lo le lleva a su protagonista a decir esta frase apestada de resignación, la misma que transmiten la mayoría de los personajes de Zanón.

Sin lugar a dudas, leer a Carlos Zanón es una sobredosis de cruda realidad al adentrarnos allá donde nadie quiere ir ni estar, pero, aun así, es un chute literario que merece la pena y que “te enganchará”.

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